No viene a mí ninguna otra palabra, al pensar en ti, que no sea gracias.
Pues a pesar de que no siempre estuvimos de acuerdo, me enseñaste mucho, no sólo del contenido del Baldor, sino también disciplina, constancia, orden…
Aunque en ocasiones tú rostro reflejaba el cansancio de la vida cotidiana, siempre estuviste dispuesto a enseñar.
Y a lo largo de mi desarrollo académico, me viste crecer, madurar cambiar y en todo momento, tu consejo me alentó y me motivó a seguir adelante.
Por qué ser maestro no es ser como un populista que te dice lo que quieres escuchar, sino todo lo contrario; es ser objetivo, tener el don de enseñar por medio de la crítica positiva, e incluso de una sincera represalia.
Querido maestro, que Dios bendiga tu palabra, tu enseñanza y tu consejo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada